Ruth
Lou Andreas-Salomé, 1895. La primera de sus novelas que aparece en castellano, traducida del alemán y completa: una chica de dieciséis años, un profesor que la toma a su cargo, y un verano en una casa de campo cerca del ferrocarril de Finlandia. Nadie la obliga, y todo está decidido de antemano.

- Autora
- Lou Andreas-Salomé (San Petersburgo, 1861 – Gotinga, 1937)
- Original
- Ruth. Erzählung, Stuttgart: J. G. Cotta'sche Buchhandlung Nachfolger, 1895
- Edición base
- Segunda edición, 1897 (reimpresión de la primera, mismo texto)
- Traducción
- literaturas.net, del alemán
- Género
- Novela corta · novela de educación
- Extensión
- Cinco capítulos, sesenta y una escenas. Volumen de 474 páginas.
- Primera traducción
- No se encontró ninguna edición española anterior de esta novela. Lo que estaba traducido de la autora era su pensamiento, no su narrativa.
- Cómo citar
- Andreas-Salomé, Lou. Ruth. Traducción de literaturas.net. Otras Literaturas, 2026. <https://literaturas.net/biblioteca/ruth/>
- Dominio público
- Sí: la autora murió el 5 de febrero de 1937, y en la Argentina su obra quedó libre el 1 de enero de 2008.
El volumen completo llega por correo a quien sostiene la colección con un dólar al año. Acá abajo se puede leer el comienzo entero, sin bajarse nada.
Capítulo I · La llegada
El comienzo de la novela, tal como abre el volumen. Es la primera escena del capítulo I, de las once que tiene.
En el silencio de la mañana no se oía otra cosa que el trino claro y sostenido de los pequeños pinzones en el follaje joven de los abedules. El camino ancho, sin pavimentar, que no lejos de la capital rusa se extendía hacia el llano en dirección a la línea férrea de Finlandia, estaba desierto en la niebla temprana. Después traqueteó por él, pesadamente, un carro de varas cargado con algunos muebles; el carrero bajó de su asiento, se echó de los hombros el corto abrigo de piel de oveja y, caminando en camisa roja junto a sus dos rocines flacos, entonó una tonada popular que se avenía con melancolía al canto de los pájaros.
Detrás de los abedules asomaba de tanto en tanto una casa de campo, casi siempre de madera, con las contraventanas cerradas y la puerta del balcón entablada; o brillaba un jardín, donde se afanaban en juntar la hoja muerta del invierno y poner en orden los canteros para el verano. Pero sólo con el comienzo de las vacaciones escolares de la ciudad aquella comarca cobraba vida.
El carro de los muebles se detuvo ante una casa que estaba del todo apartada, lejos de cualquier vecindad, entre un bajo matorral de sauces y un suelo de prado algo húmedo. No era especialmente grande, pero tenía el jardín más hermoso de todos. Los árboles de primavera que la rodeaban tendían sobre ella un velo tierno y parduzco, y por encima de la empalizada de listones, desgastada por la intemperie, las lilas se apiñaban en botones de un verde claro.
-¡Empujen el portón desde afuera! -le gritó al carrero una voz alegre, en un ruso quebrado-, y en seguida un muchacho a medio crecer cruzó el jardín corriendo. Lentamente el carro avanzó por el sendero de grava hasta detrás de la casa, donde unos escalones subían a la terraza abierta con la puerta de entrada.
Una criada entrada en años, con una extraña cofia de frisona en la cabeza, esperaba ya abajo, arrimó el hombro con fuerza y mandó bajar los muebles descargados en el cuarto de estar, que con su ventana ancha daba a la terraza. En el cuarto de estar estaba abierta la puerta de una habitación pequeña contigua, que parecía ya completamente amueblada. De las cosas que, al dejar la casa de la ciudad, se habían encontrado ya en la casa de campo alquilada, evidentemente se había reunido allí lo mejor y lo más cómodo, para crear orden y bienestar.
Junto a la puerta, sobre un diván cubierto con una manta, estaba echada una mujer pálida, ya no joven, cuyos rasgos finos mostraban sin embargo las huellas de una belleza de otro tiempo, poco común. Bajo los párpados entornados seguía con atención cada movimiento de los que entraban y salían.
Entonces oyó desde la terraza una voz, y ante ella una sonrisa le atravesó los grandes ojos azules.
-¡Erik! -llamó, suplicante-. Vení acá, junto a mí. Vení acá.
Él estaba ante la ventana de la terraza, con una chaqueta oscura de la mañana, las manos hundidas en los bolsillos laterales, un cigarrillo entre los dientes. Al llamado de su mujer se dio vuelta y atravesó el zaguán hacia el cuarto.
Siempre le parecía que un torrente de vida entraba con él cuando así se acercaba a ella.
-Vamos, Bel -dijo él, alegre-. Ya vas a ver: ahora el sol rompe la niebla, y entonces te llevo al jardín. Tu gran reposera ya la tenemos puesta allá atrás, junto a la fuente.
Ella negó con la cabeza.
-No tengo sosiego afuera mientras acá todo esté todavía en semejante desorden. ¿Cómo estarán tus cuartos, Erik? Desde que llegamos ayer, ustedes se han ocupado sólo de mí. Ay, ¿sabés?, eso es lo peor: en toda la vida ya nada va a quedar en orden. Todo va a estar tirado por ahí.
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La novela sigue en el volumen completo: cinco capítulos y sesenta y una escenas.
El comienzo, también en PDF
La misma primera escena, maquetada como está el libro: A5, cuerpo 14, justificado, sin partición de palabras. Seis páginas, con la tapa delante. Sirve para ver cómo se lee el volumen antes de pedirlo.
Abrir el PDF del comienzoLo que se educa en ese verano
Un profesor de escuela encuentra en un cuaderno de composiciones la palabra «bienaventuranza» donde el tema obligatorio pedía «felicidad», y le da lecciones a la alumna que la escribió: al alba, todo el verano, con un pacto de por medio —ella le contará todos sus cuentos, sin excepción, y sólo a él—. Lo que ese pacto hace con la voz de la chica se ve en el capítulo primero, y no se arregla nunca.
La novela no enuncia la doctrina que sostiene esa casa: la pone en boca de la mujer que la paga. La madre, postrada, le enseña que amar y servir es lo más hermoso «sobre todo para nosotras las mujeres»; la chica le contesta con un argumento teológico y la deja sin respuesta. Nadie cree del todo lo que la casa entera obedece.
Y en el capítulo cuarto la novela dice una palabra que no suele decirse cuando se habla de amor: derecho. La familia se lo cede a un hombre que pide ser «culpable de esta criatura».
La presentación completa —la escena del diván, el hueco editorial, el año 1895 y las decisiones de lengua— está en las notas.